
Mientras caminaba por la atiborrada calle Florida bajo el sol del mediodía, Carolina recordó sus tardes en el tobogán. Era el juego que más le gustaba de toda la plaza: un poco individualista, pero a la vez, con conciencia de respeto (por el turno de cada uno para subirse). Con el tiempo, ya no pudo usarlo más porque su cuerpo no era tan livianito ni pequeño como antes. Entonces optó por la hamaca, pero había en ella algo que no le gustaba: el vertigo y la velocidad. Odiaba que la hamacaran, el envión, la sensación de vacío al bajar. Sin duda terminó quedandose con el subi-baja.
Había que compartir sí o sí para poder usarlo. Había que sincronizarse con el otro, volverse el opuesto complementario, aprender a leer los pensamientos. No iba tan arriba pero sí lo suficiente. La sensación de despegar los pies para volverlos a la seguridad de la tierra era correctamente medida. Subir y bajar para volver a subir y a bajar. Toda una metáfora de vida.
Entonces Carolina pensó en ella. Pensó que Rodrigo en su vida había sido como el tobogán. Ella nunca dejó de ser ella en su mundo propio y privado, nunca compartieron más que unas pocas salidas juntos, ni amigos en común, ni intereses afines. Se respetaban sus límites. Y esta vez más que nunca, el límite de uno era el del otro. Como dos campos antagónicos que se atraían por puro magnetismo y nada más. Así las cosas, ninguno dejaría espacio al otro. Nunca jamás. Primero uno, después el otro. Cada uno iba viviendo las mismas situaciones a su manera, disfrutándolas a solas, en su más pura individualidad. Carolina sabía desde un principio muy remoto que nunca iban a poder estar juntos porque, simplemente, no se soportaban.
Con el tiempo ninguno de los dos cupo más en el tobogán y tuvieron que evolucionar. Básicamente crecieron (un poco nomás). Pero no pudieron superar su individualidad. Con la hamaca se complementaron “hasta ahí”, pero a Carolina no le gustaba. Sabía que el momento en que se cayera de la ilusión iba a dolerle el alma y sabía también que podía suceder de un momento al otro. El envión que le daba Rodrigo era demasiado violento para ella, algo así como una obligación. Ninguno podía ponerse en el lugar del otro, parecía que no se podían separar del rol que ejercían.
Y un día Carolina decidió no subir más. Le dijo a Rodrigo que no aguantaba estar en el aire para caer y golpear sus pies contra el piso bruscamente y volver a subir de la misma manera. Que eso no le servía. Que eso le hacía mal, que le hacía doler y que le estaba partiendo el alma de a poquito.
Carolina prefirió quedarse en el suelo por un tiempo. Entonces empezó a caminar. Se alejó de esa plaza y caminó y caminó y caminó. Y mientras caminaba, llovió, granizó, nevó, hubo mucho viento, hizo frío, hasta que un día un arcoiris acompañó la salida del sol.
Con el sol, pudo ver que frente suyo había una nueva plaza. Ya no entraba en el tobogán y sabía que odiaba hamarse. Optó por el subi-baja. Manuel estaba esperándola. Probaron sincronizarse y al principio costó, pero no fue nada que no se pudiera charlar. Vieron la manera de ordenarse, de repartirse las tareas para que el subi-baja funcionara a la perfección. Carolina y Manuel eran completamente distintos, opuestos, opuestos complementarios. Y eso les sirvió.
El subi-baja funcionó y desde ese día Carolina se quedó ahi: en su estabilidad inestable pero casi previsible; en su juego sincronizado; en el trabajo arduo de dos, pero equitativo a la vez; en la seguridad que le confortaba el alma, sabiendo que ya no pendía todo de una ilusión.