Todavía no sé si lo que ocurrió pasó en la realidad o fue producto de mi imaginación. Quizás simplemente me quedé dormida bajo el árbol, pero juro que lo vi. Lo vi y no pude evitar seguirlo. ¡Era tan lindo! Blanco, gordito y con esos anteojitos que le daban un aire dulce e inocente. ¡Y estaba tan apurado! ¿Por qué un conejito está apurado? ¡Ni siquiera tienen relojes! Pero este sí tenía uno… Entonces, si yo estaba leyendo y de repente él apareció, ¡jamás pude haberme quedado dormida! A partir del momento en que decidí seguirlo para descubrir a dónde iba, todos mis recuerdos se vuelven confusos. No hay ningún tipo de conexión espacio-temporal entre ellos.
Sí, soy curiosa, lo admito. Ahora que lo pienso detenidamente, no sé cómo me atreví a probar esas galletitas. Mi mamá me había dicho que nunca probara nada que viniera de un desconocido. Como no había nadie para convidarme esas galletitas (¡que parecían tan ricas!) decidí probarlas, pero alteraron el tamaño de mi cuerpo una y otra vez. Y no dejé de comerlas hasta que me volví lo suficientemente pequeña para seguir con comodidad a aquel conejito apurado. Aunque pensándolo mejor, si no lo hubiera seguido, no habría vivido tales aventuras: canté junto a las flores y conocí a un ciempiés que hacía volutas de humo; festejé el “No Cumpleaños” con el Sombrerero Loco y su fiel amigo, pero cuando quiso dañarme preferí salir corriendo (de paso, lo seguía al conejito, cuyo reloj había sido roto y convertido en un sándwich por el Sombrerero Loco); lloré de desesperación, y mis lágrimas formaron un mar al que caí y en donde respiré normalmente; y cuando me perdí en el sendero oscuro, apareció el gato con sonrisa de media luna, cuyo cuerpo cambiaba constantemente de color, y me dio instrucciones. No sé si realmente quiso ayudarme o perjudicarme… En fin, conocí animales que jamás hubiera visto y emociones que jamás hubiera sentido, de haber seguido leyendo mi libro.
Sin embargo, el mundo exótico que se desplegaba ante mis ojos no permitió que perdiera de vista mi objetivo. Mi curiosidad era más fuerte que mis miedos, así que sólo mantenía mi atención en aquel conejito blanco que caminaba apurado mirando su reloj de mano. Y con la ayuda del gato con sonrisa de medialuna y cuerpo de colores, llegué hasta el laberinto. De pronto, la noche se volvió día. Pero eso no significó que mi confusión se disipara. Al contrario, cuanto más avanzaba, más confundida estaba. Y cuanto más confundida estaba, más necesidad de saber tenía. En ese circulo vicioso (del que ya no podía salir) parecía no recordar nada acerca del mundo que había dejado atrás. Ese lugar tenía la apariencia de una realidad paralela, en vez de una pesadilla disfrazada de sueño exótico. En el laberinto, sin saberlo ni presentirlo, mi aventura estaba predestinada a llegar a su fin (cualquiera que sea).
La reina me invitó a jugar críquet, utilizando como instrumentos a los flamencos. Obviamente, no me querían porque eran sus súbditos. De repente vi a mi objetivo: el conejito blanco había logrado llegar a tiempo al reino, en donde vivía y trabajaba. Intentó persuadir a la reina para que no jugara conmigo, pero de nada sirvió. El propósito del juego no era colocar la pelota de críquet en su respectivo hoyo, sino hacerme perder para decapitarme frente a todos. Efectivamente, perdí.
Mientras corría, otra vez la realidad dio un giro de 180º. Me desperté bajo el árbol, con mi libro en las piernas y mi vestido intacto. ¡Cómo pude haberme quedado dormida! Es más: ¡jamás me dormí! ¡Juro que lo seguí y corrí tras él y caí en un pozo y tomé las galletitas sin permiso y viví todo aquello! Digan lo que digan, sé (y siempre sabré en el fondo de mi alma) que hay otra realidad. Hay un mundo paralelo en el que viven nuestros sueños cuando ya no son más sueños: cuando cobran vida. Y puedo decir que estuve allí. Hasta podría afirmar que cualquiera puede llegar allí con sólo seguir al conejito apurado. Basta con mirar a nuestro alrededor con los ojos, pero con los del corazón.
- Monólogo escrito en 2006. Taller de Expresión I; Cátedra Analía Reale. Universidad de Buenos Aires; Facultad de Ciencias Sociales; Ciencias de la Comunicación.
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