Circe era la diosa que convertía a los hombres en animales para mantenerlos bajo su dominio. Ya fuera como lobos, leones o chanchos, ellos simplemente servían a sus deseos y cuidaban su morada. Cada hombre que llegaba a la isla de Eea y osaba golpear a la puerta de su mansión, era recibido amablemente y convidado con manjares. Lo que ninguno de ellos sabía era que éstos contenían pociones mágicas (pero maléficas) que los convertirían rápidamente en animales, para nunca más poder desprenderse de tal maldición (a menos que la propia Circe lo decidiera). Sólo un hombre pudo oponerse a la voluntad de la diosa y desafiarla: Odiseo. Pero sin la ayuda de Hermes [1], el mensajero de los dioses, no habría podido librarse del destino que Circe deparaba a todos los hombres que se cruzaban en su camino.
Al igual que Mario, Odiseo contó con una “ayuda extra”. Mientras que éste recibió los consejos de Hermes sobre cómo eludir a la astuta Circe, Mario conocía los rumores que circulaban sobre Delia Mañara, aún antes de mantener un noviazgo con ella. Estos rumores podrían haberlo prevenido, pero lejos de eso, le dieron más fuerza para enfrentarse a todos sus vecinos, tratar de salvar el honor de Delia y ayudarla a encontrar la felicidad, dándole paz. El narrador de este cuento no deja en claro si Mario finalmente dio crédito a los chismes o no. Podemos pensar que decidió no darles importancia, pero quizás cuando encontró el gato con las astillas en los ojos en la cocina, pudo atar todos los cabos sueltos alrededor de la misteriosa imagen de su amada, y pudo comprender. De cualquier manera, tanto Odiseo como Mario se atrevieron a enfrentarse a Circe (la diosa y Delia Mañana, respectivamente), y vieron más allá de la belleza que cautivaba a todos. Uno pretendía salvarla; el otro, salvarse y salvar a sus compañeros.
Ambas Circe desplegaban sus encantos como arma para captar la atención de los hombres, sus presas. A través de la comida, conseguían dominarlos para que cumplieran sus propósitos. “Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones”, afirma el narrador. Y, francamente, no se equivocaba. Cosas espantosas, pero maravillosas al fin. La manipulación de la comida como si se tratara de una ciencia, tratando de alcanzar la perfección, como si ella misma fuera una heredera de los saberes de la diosa Circe. La relación que los animales mantenían con Delia se asemejaba a un efecto hipnótico. Las mariposas se acercaban a su pelo, los perros se le acercaban (o se alejaban llorando), los gatos seguían sus pasos, las arañas eran sus juguetes en la infancia. Circe, en cambio, había convertido a esos hombres intrépidos en animales, para que custodiaran su morada y para que siempre siguieran sus pasos.
Se puede pensar en el parecido que tiene Delia Mañara con Circe y se puede pensar en las distintas formas en que este parecido pudo haber nacido. Quizás se trate de una reencarnación, quizás se trate de un intento desesperado de identificarse exagerada y cruentamente con la diosa griega. De cualquier forma, ambas lograron su propósito. ¿La clave? Bombones.
[1] Hermes, en la mitología griega, es el mensajero de los dioses, hijo del dios Zeus y de Maya, la hija del titán Atlas. Como especial servidor y correo de Zeus, Hermes tenía un sombrero y sandalias aladas y llevaba un caduceo de oro, o varita mágica, con serpientes enrolladas y alas en la parte superior. Guiaba a las almas de los muertos hacia el submundo y se creía que poseía poderes mágicos sobre el sueño. Hermes era también el dios del comercio, protector de comerciantes y pastores. Como divinidad de los atletas, protegía los gimnasios y los estadios, y se lo consideraba responsable tanto de la buena suerte como de la abundancia.
- Nota de lector sobre “Circe” de Julio Cortázar, cuento incluído en “Bestiario”. La nota de lector fue realizada en 2006. Taller de Expresión I; Cátedra Analía Reale. Universidad de Buenos Aires; Facultad de Ciencias Sociales; Ciencias de la Comunicación.
Todos los derechos reservados © 2006

