El Sr. y la Sra. Richardson vivían en el alejado y pequeño pueblo de Springville, donde sólo llegaba el correo cuatro veces por año y la población de 250 habitantes, se autoabastecía de la mejor manera posible. Los Sres. Richardson eran personas absolutamente normales, y tenían una vida demasiado rutinaria. Por la mañana, el Sr. Richardson trabajaba en una librería de textos antiguos, ubicada en el pueblo vecino de Scicon (que contaba con unos 3.000 habitantes). Por la tarde, regresaba a su casa, donde lo esperaba su esposa con suculentos manjares. Luego, leían las noticias del día en el periódico que el Sr. Richardson traía desde Scicon, y escuchaban la radio.
El Sr. y la Sra. Richardson deseaban hondamente tener un hijo. Su gran casa, su jardín lleno de flores de color blanco y el canto de los pájaros al atardecer, no atenuaban la soledad que sentían por la falta de un hijo que les dé alegría. Pero la Sra. Richardson sufría de diabetes y el Dr. Hanks le había dicho que concebir un niño era peligroso para su salud. Además, tanto en Springville como en otros lugares, la insulina escaseaba, de la misma manera en que escaseaban otros medicamentos y, también, los alimentos. La Segunda Guerra, que recién había comenzado, no sólo terminaría prontamente con muchas vidas y arruinaría otras más, sino que ya había empezado a hundir las economías de los países beligerantes y de aquellos que mantenían relaciones comerciales con estos.
Finalmente, a pesar de las recomendaciones del Dr. Hanks y de la realidad social, la Sra. Richardson quedó embarazada. La felicidad de la pareja era infinita. Apenas supieron de la llegada del niño, comenzaran a acondicionar un cuarto especialmente para él, con grandes ventanas y mucho espacio para jugar. El Dr. Hanks, que conocía el peligro en que se encontraba la Sra. Richardson, un día le dijo:
- Durante mis años de estudio, he escuchado sobre le existencia de una hierba con flores azules, agrupadas en ramilletes largos, flojos y delgados, y con hojas de entre 40 y 80 centímetros de altura. Su raíz, en forma de nabito, es excelente para los diabéticos como usted, porque en vez de contener fécula, posee insulina, y ya no tendría que depender de las pocas partidas que llegan a Springville. Pero antes debo advertirle que la raíz del rapónchigo, como se llama esta hierba, abre el apetito de una manera descomunal. Por cada vez que lo coma, necesitará consumir el doble en la próxima comida. Sin embargo, dado su estado de salud, es lo único que puede salvarla.
La Sra. Richardson escuchó con atención y, con alegría, corrió a contarle a su esposo. Inmediatamente, comenzaron a buscar en qué lugar podrían conseguir esta milagrosa hierba.
Un día llegó a la librería del Sr. Richardson, una señora con pelo blanco, vestida con ropas moradas y una gran capelina de color negro. Buscaba un libro de biología del siglo XV, escrito en latín. El Sr. Richardson, que en su librería tenía todo tipo de libros antiguos, luego de darle el que solicitaba la clienta, harto en desesperación por la salud de su esposa y viendo que se trataba de un libro de biología, decidió preguntarle si conocía sobre la existencia de los rapónchigos. La dama contestó:
- Los rapónchigos crecen en el Bosque Finnigan, que está en el límite sur de Springville. Allí hay una casa de paredes amarillas y techo de paja, en donde vive la Sra. Swan. Ella tiene una amplia huerta de rapónchigos y le dará todos los que necesite, pero a cambio le pedirá algo que siempre deseó y nunca pudo tener.
- ¿Qué es? – preguntó ansiosamente el Sr. Richardson, dispuesto a hacer cualquier cosa por su esposa.
- Un hijo – respondió la misteriosa mujer, sin saber siquiera que el Sr. Richardson estaba, finalmente, esperando un hijo.
El Sr. Richardson cerró la librería antes del mediodía, y en vez de dirigirse a su casa, se fue al Bosque Finnigan. Recordó que todos en el pueblo temían entrar allí, porque una antigua leyenda decía que el bosque estaba encantado, los árboles escuchaban las conversaciones y miraban a donde se dirigían los curiosos, y era el lugar perfecto para que habitaran brujas, magos, hadas y duendes. Mientras continuaba caminando, pensó que los avances de la ciencia, que crecían a pasos agigantados, anulaban por completo esa antigua y absurda leyenda. La ciencia había dejada obsoletas los cuentos de dragones, magos y brujas malvadas.
Mientras estaba absorto en sus pensamientos, de repente se encontró con la casa de la Sra. Swan, tal como había descripto la misteriosa clienta. La Sra. Swan tenía la apariencia de una tierna abuelita de cabellos color transparente y gafas redondas. Sin embargo, había algo extraño en su mirada, algo que él no podía explicar. Lo hizo pasar al interior de la cabaña y, entonces, el Sr. Richardson le contó lo que le sucedía a su esposa, sin poder contener el llanto. La Sra. Swan escuchó con atención, y cuando el Sr. Richardson finalizó, ella le dio de tomar un exquisito jugo de color violeta, y le dijo:
- Veo que usted y su esposa son buenas personas. Les daré los rapónchigos, todos los que necesiten y que después, inconscientemente, desearán con intensidad. Pero, a cambio le pediré algo que yo siempre quise y que nunca pude tener por las circunstancias de la vida. Y que usted, por lo que me contó, va a tener en nueve meses.
El Sr. Richardson no dudo en prometer a su primogénito como pago de los rapónchigos, para salvar a su esposa. Pero, por dentro sus intenciones eran otras, ya que sentía que no había nada que temer. La Sra. Swan pareció notarlo y dijo:
- Sr. Richardson, yo sé que la gente cree que las palabras se las lleva el viento. Sin embargo, hay palabras que forman un lazo que une fuertemente a los implicados en una promesa. La promesa que usted acaba de realizar es ese tipo de pactos de los que le estoy hablando. Este bosque esconde cosas y sabe muchas más. Si decide fugarse con su familia, yo lo sabré e iré a donde quiera que se encuentren. Y saldará su deuda, Sr. Richardson, aunque los dos salgamos perdiendo.
El Sr. Richardson asintió y se fue, pensando que la Sra. Swan estaba desvariando debido a su avanzada vejez. Llegó a su casa y le contó lo sucedido a su esposa, omitiendo lo de la promesa. Durante el embarazo, después de salir de la librería, el Sr. Richardson se dirigía a la casa de la Sra. Swan, quién lo esperaba siempre con el doble de rapónchigos que le había dado el día anterior. Le hubiera gustado saber cómo crecían tan rápido, pero prefirió no preguntar. La Sra. Swan siempre se interesaba por el desarrollo del embarazo y esperaba ansiosa la llegada del niño. O niña, como ella misma decía.
Una noche de luna llena y estrellas brillantes en el cielo, nació Emily, la hija del Sr. y la Sra. Richardson. Era la niña más hermosa de todo el pueblo, con cabellos rubios y grandes ojos azules. Entonces, el Sr. Richardson recordó la promesa que le había hecho a la Sra. Swan y, por las dudas (y porque el miedo lo atrapó súbitamente), decidió irse lejos, muy lejos, con su familia donde nadie los encontrara.
Recorrieron muchos kilómetros en auto, hasta llegar al límite del país. Tomaron un barco y navegaron durante casi un año. Cuando el barco tocó tierra, se encontraban en un país completamente distinto al suyo: hacía mucho calor y se podían ver, a simple vista, aves de colores que cantaban hermosas melodías. Sin pensarlo, la familia Richardson decidió establecerse en ese exótico y lejano lugar. El Sr. Richardson estaba seguro que nadie podría encontrarlos allí, y la Sra. Richardson se preguntaba, noche tras noche, por qué habían partido súbitamente de su pueblo. Al momento de escaparse, sus ganas de comer rapónchigos eran ya insaciables. Durante la travesía sintió que se moría en vida, porque deseaba desesperadamente comer esa hierba. Poco a poco, fue acostumbrándose, aunque todavía extrañaba su sabor.
Se establecieron en una casa de dos pisos, con un gran jardín con flores de colores intensos. Eran muy felices los tres, y el Sr. Richardson ya se había convencido que la antigua leyenda era una farsa y que ninguna “vieja loca” (como llamaba en sus pensamientos a la Sra. Swam), vendría a buscar Emily, su hija.
Pero una noche de luna llena y estrellas brillantes en el cielo, la preciosa niña, que estaba jugando en el jardín, tomó una flor de color violeta intenso, y en cuanto olió su perfume, cayó muerta al piso. A pesar de lo que planeó el Sr. Richardson, finalmente había saldado su deuda.
[1] Una recontextualización del cuento tradicional de los Hermanos Grimm.
- Cuento escrito en 2006. Taller de Expresión I; Cátedra Analía Reale. Universidad de Buenos Aires; Facultad de Ciencias Sociales; Ciencias de la Comunicación.
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